oscuro de lo perra que es la existencia para según quiénes. Alguno rememora una curiosa noticia difundida la víspera y los demás se apresuran a manifestar su más basto escepticismo. Luego, cuando ya han dado cuenta de sus raciones de alcohol, sazonan el final de su charla con algún eructo, pagan y se van. El bar sólo es una parada más en su ronda cotidiana.
Casi inmediatamente, una presencia mucho más agradable anula en Charo la ominosa impresión dejada por los rudos bebedores. Ahora es una amiga suya la que se destaca entre los heterogéneos parroquianos.
-Hola ¿Qué tal te va? -la saluda.
-Ya ves, despejándome un poco. Esas dichosas oposiciones me tienen harta.
-Me lo imagino. ¿Te pongo lo de siempre?
-Sí.
Charo sirve el acostumbrado líquido, y su amiga lo ingiere con la avidez de quien ha estudiado varias horas seguidas a la dura luz de un flexo. En el instante de pagar recuerda el augurio divulgado por la radio:
-¿Ya has oído lo que ha dicho esta tarde una pitonisa en no sé qué emisora?
-Sí, menuda bobada. Con eso de que tanta gente juega, bueno, jugamos a lo que sea todas las semanas, se inventan cualquier cosa.
-Qién sabe, puede que tú seas la clave del asunto -replica la amiga, divertida-. Las rubias sois en parte amarillas.
-Preferiría ser la afortunada en vez de la clave.
-En fin -concluye la amiga abandonando el asiento-, voy al concierto que da ese grupo al otro lado del río. ¿Irás después?
-No creo que tenga tiempo -adelanta ella con amable resignación-. Ya sabes que estoy aquí de Cenicienta postindustrial.
-Bueno, pues hasta otro rato.
-Adiós.
En la barra se alivia momentáneamente el apiñamiento, y Charo lava a toda prisa unos


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