LA CANCIÓN DE LA ESPUMA







El sintético pudor de la cortina plástica rodea la bañera, resguardando así la desnudez de una figura delgada. Es un joven que cierra la espita de la ducha, pues una vez mojado va a rociarse de la cabeza a los pies con un gel. Toma el envase y lo aprieta vigorosamente, como si salpicando su piel con esos chorros viscosos pudiera conjurar los sinsabores cotidianos. Luego, con la misma y casi furiosa determinación, abre al máximo la llave de la ducha. Regueros blancos se deslizan ya por su cuerpo; y al colarse el agua de modo accidental en el estrujado recipiente, éste explota en un cúmulo jabonoso como una bomba de espuma.
Algo empieza a pasar sin que el joven lo advierta. La espuma crece, se hincha, le mira con millones de ojos iridiscentes, lo invade todo. Cuando se percata de ello sólo le da tiempo a esbozar un grito antes de ser engullido por la inmensidad blanca. Busca a ciegas los grifos, pero no los encuentra, al igual que la cortina y los azulejos de la pared. Incluso pierde el contacto con la bañera. Sus extremidades hallan únicamente la tibia inconsistencia de esa espuma infinita.
De pronto siente bajo sus pies una sensación fría y marmórea. Cuando abre los ojos descubre una completa oscuridad, y sus manos tantean a ambos lados unos muros lisos de análogo material que el suelo. Asombrado, empieza a caminar con sigilo.
Al poco tiempo vislumbra una luz a lo lejos. Se acerca a ella y resulta ser el final del túnel que, en una brusca transición a la claridad, hace esquina con un pasillo extendido a la derecha. Las paredes de este nuevo espacio son de una tonalidad indefinida, y su pavimento se compone de baldosas blancas y negras dispuestas en damero. Unas potentes luces claras


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