EL ESTIGMA DE OBETÁN







Eduardo suspira y se deja caer en un asiento del ambulatorio. Dos jubilados intercambian cerca de él pestes de la sanidad pública, y algo más allá un par de señoras dialogan entre sí de asuntos menos conflictivos. Pero son las demás personas -un grupo de gente de diversa edad y condición- quienes tratan en su charla el tema que a él le inquieta.
-Cualquiera sabe quién tiene la responsabilidad de esto -se queja un hombre con aire cansino-. Lo mismo pueden haber sido los de siempre que algunos de esos que nunca salen en las noticias.
-Yo he oído que es cosa de los chinos -informa una joven madre cuya niña voltea una publicación infantil.
-En cambio el periódico asegura que se sospecha de los norteamericanos. -El hombre indolente magnifica su aura de pereza protestona-. Como es lógico, no van a reconocerlo públicamente.
-Pues el telediario insiste en que los rusos están detrás de esta historia -anuncia un sujeto encorvado que sostiene un enorme sobre de radiografías sobre las rodillas-. Con el desbarajuste que tienen por allá se puede esperar cualquier cosa...
-En Internet se da por descontado que es una represalia antioccidental de algún gobierno islámico. -La mujer que aporta el dato cibernético está muy pálida, como si creyera demasiado sus propias palabras-. Sólo Dios sabe qué habrán utilizado.
-¿Y si es algo del espacio? -se pregunta con angustia una voz remota.
La teoría extraterrestre saca de quicio al individuo de las radiografías.
-Seguro, seguro -responde, irónico-. Los marcianos se han hartado al fin de que les


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