continuo ante cada apertura exterior de la puerta. Formula sus preguntas con un tono que la reiteración
ha ido impregnando de monotonía, y contesta a las de Eduardo con una cortés parquedad; pero él piensa que es comprensible. También a ella le sobran dudas y
le faltan certezas. Como a todo el mundo. -¿Entonces todavía no se sabe nada? -inquiere Eduardo a modo de conclusión. -Nada que sea seguro -responde la doctora-. Lo único que podemos hacer de momento es probar con pomadas de corticoesteroides
y ver cómo evoluciona. Pero eso requiere dejar pasar unos días. -¿Cuántos? -Nadie está en condiciones de decirlo, al menos hoy por hoy. Piensa que el problema es muy reciente. De todas maneras y que yo
sepa, no ha habido hasta ahora casos de complicaciones graves, sólo esta especie de eccema y los picores típicos de una irritación cutánea. No parece haber
indicios para temer una evolución a peor, aunque corra por ahí mucho agorero de diseño. Y además insisto: puede que tu picor sólo sea fruto de tu ansiedad
ante lo que está pasando. Otra vez la excusa del nerviosismo, cavila Eduardo. Cuando antaño la medicina no curaba una enfermedad, la atribuía al mal de
ojo. Ahora la achaca al estrés. Un cambio semántico que no resuelve nada, excepto el encubrimiento de una ignorancia inconfesa. -Ya, pero según tengo entendido ese picorcillo es la primera manifestación del síndrome. -Tienes razón -concede la doctora-. Existe unanimidad en ese punto. Sin embargo, la gente afectada ha desarrollado la mancha
en la piel prácticamente a la vez que el escozor inicial. Y como tú mismo puedes comprobar, no tienes la menor señal de alteración epidérmica. Yo creo que lo
más razonable es considerar la comezón que mencionas como una respuesta nerviosa a un estado de angustia psíquica, el reflejo de una fobia a esta psicosis de
contagio que está cundiendo en todas partes. -¿Eso significa que debo tomar algún tranquilizante? -sondea Eduardo, escéptico. -No necesariamente -dice ella-. Mi consejo es que te des un margen de tiempo. Si
notas