EL REINO DE PARATRÁS
A una hora tan extraña que no apareció en ningún reloj, todas las cosas sumergidas cerca del Gran Arrecife cobraron voz y se pusieron a
hablar. Y lo hicieron con ganas, pues llevaban mucho tiempo en silencio.
El primer comentario partió de una botella hundida, que justo asomaba del fondo su cuello de vidrio.
-Soy una botella y no debiera estar aquí -dijo-. En un lugar amplio y cerrado que apenas recuerdo me llenaron de vino tinto,
y así permanecí hasta que un camión enorme y ruidoso me condujo con mis hermanas a un supermercado.
"Allí me compró una tarde un hombre triste y vestido de gris, que se dirigió conmigo a la playa de aquella ciudad. El hombre
se sentó en la arena, y cuando el sol se escondía me abrió y empezó a vaciarme a morro, sin vaso ni nada. Creo que se acordaba de algo desagradable, o tal
vez quería recordar un momento hermoso del pasado. O quizás le asustaba el futuro, no lo sé. Pero según oscurecía apuraba más y más el vino hasta que lo
acabó todo. Entonces murmuró una frase que no entendí, se levantó y me dejó sobre la arena, mientras su sombra se alejaba en la oscuridad en medio de
continuos traspiés.
"Al día siguiente me encontró un niño alegre y juguetón, quien después de verme sacó de su bolsillo una libreta y un
bolígrafo y se puso a escribir. A continuación separó la hojita, la enroscó y la metió en mi interior. Luego me colocó el corcho, que estaba muy cerca de mí,
cogió carrerilla y me tiró al agua lo más lejos que pudo.
"La resaca me empujó mar adentro y floté durante mucho tiempo. Varias veces pasé a la vista de tierra firme, pero las olas
nunca llegaron a devolverme a ella. En algunas ocasiones
el
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