LA TORRE Y EL CABALLO







-¿Cómo es que de pronto me encuentro acompañado? No te conozco. Hasta ahora creía haber estado solo.
-Es algo que ignoro. Según parece, aunque ya no tengamos una forma definida, algo nos ha impulsado a conocernos.
-Tal vez así sea. Cuando en medio de estas sombras irreales he rememorado un detalle personal de mi existencia anterior, tu presencia se me ha hecho evidente en el acto.
-Sí, eso mismo me ha sucedido a mí. Pero ¿también pensaste, por casualidad en una ficha de ajedrez?
-Efectivamente. En una torre blanca de ajedrez que en mi caso fue todo un símbolo y un destino. ¿Acaso tu ficha era también una torre blanca?
-No, un caballo negro.
-Debo advertirte que nunca supe jugar al ajedrez.
-Yo tampoco. Mi vínculo con ese caballo nada tiene que ver con el juego al que pertenece. No obstante, sería apropiado que nos explicásemos mutuamente la razón de esos recuerdos tan peculiares que, sin embargo, ninguna relación guardan con el juego del ajedrez en sí mismo. Además, en ti vislumbro de manera vaga una figura muy menuda, un niño diría yo.
-Dirías bien. Yo fui un niño pálido y neurótico; mas no derivó directamente de ello mi acceso a este limbo o lo que sea esta noche sin estrellas.
"Yo vivía en una ciudad gris, rodeado de gente mediocre cuya máxima aspiración era seguir manteniéndose en su pantano diario. Los niños no perciben esquemas racionales, pero captan perfectamente las cargas emotivas que laten a su alrededor; y yo en mi entorno sólo


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