EL TERCER VERTICE




Al cabo de los años he llegado a saber
que en la naturaleza del milagro
se funden lo fugaz y lo perenne.
Tras su apariencia efímera,
el relámpago sigue viviendo en quien lo vio.

ELOY SANCHEZ ROSILLO





El otoño no atravesaba una de sus etapas más rabiosas. Sí, la temperatura ya había descendido bastante, las nubes velaban de gris el cielo y el ambiente era más bien tristón; pero al menos no llovía, y el viento tampoco se entregaba a muchos alardes. Aun así, resultaba gratificante acostarse para escuchar en la cama un buen espacio radiofónico más allá de la medianoche, sobre todo si, como era el caso, desde las ondas iba a iniciarse un ejercicio práctico de gran interés para el oyente.
En efecto: la semana anterior se habían detallado los pasos a seguir para quienes desearan participar en el experimento, y tratándose de algo relacionado con los sueños lúcidos no podía perdérmelo. Iván Rámila, el locutor del programa La Otra Dimensión, invitó a una tal Montse Camorritos, una psicoterapeuta experta en relajación y sonidos curativos. En la entrevista preliminar habló de ritmos cerebrales, cuencos tibetanos, mantras, escalas armónicas y otros conceptos propios de su campo. Pero la novedad más llamativa fue su cita de una curiosa vibración acústica que, según explicó, inducía muy eficazmente la lucidez onírica. Dicha cuasimelodía, bautizada como Vibración Luoni, sería radiada durante los últimos momentos del programa que me disponía a disfrutar. Además, la investigadora catalana había detallado algunos consejos no estrictamente necesarios, pero de gran ayuda para estimular el proceso. A tenor de sus explicaciones, el uso de un auxiliar sensorial -así lo llamó ella- multiplicaba el efecto de la Vibración Luoni, a la vez que contibuía a determinar el tema onírico buscado. El ejemplo más socorrido era la fotografía de una persona o un lugar: contemplada instantes previos a la audición, reforzaba la posibilidad de insertar en el sueño el motivo de la imagen.


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