ESZIRI YHUMG




Otros días vendrán, será entendido
el silencio de plantas y planetas
y cuantas cosas puras pasaran
tendrán olor a luna los violines.

PABLO NERUDA





Era tremendo e inconcebible, casi delirante. Pero además, real.
El lo descubrió durante su paseo de la tarde. Poco faltó para que dejara caer el bollo de nata que endulzaba su vagabundeo; y dadas las circunstancias, el más empedernido de los golosos hubiera sido indulgente con esta reacción.
Allá en lo alto, un gigantesco melocotón flotaba, quieto e ingrávido, sobre la vertical de la Plaza Mayor. Nadie vio cómo o de dónde había surgido. Simplemente no estaba, y una fracción de segundo después sí. La gente se restregaba los ojos para convencerse de que no soñaba.
"¿Es o tiene que serlo?", pensó él.
Alguien refutó en seguida la explicación del pretendido erudito:
-Los espejismos no huelen.
-Para su conocimiento -aclaró el aludido en tono pedante-, le diré que existen alucinaciones olfativas.
-Sí -se burló el otro-, sobre todo si se bebe por la nariz.
Otros espectadores hablaban de un experimento holográfico, de un globo, de un truco publicitario... Pero no postulaban sus teorías con mucha convicción. La mayoría se atenía a la imagen que impresionaba sus retinas, y según dicho criterio no cabían dudas acerca de su naturaleza. Procediese de donde procediese, aquello era un melocotón; inmenso y aéreo, pero un melocotón. Su pelusilla se apreciaba a simple vista, y si uno arrugaba la nariz percibía levemente su fragancia característica, tal y como había hecho el detractor de la hipótesis del espejismo. El titánico fruto acaparaba todas las miradas, y no sólo en la Plaza Mayor, pues considerando su tamaño y altura debía de ser visible en un radio muy amplio.


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