Después de engullir el último trozo del bollo, Alvaro observó un poco más el monstruoso
cuerpo frutal y marchó al piso en el que se alojaba, dominado por una relampagueante intuición.
"Esto se ha salido de madre."
¿Pero qué era esto ?
Algunos meses atrás habían
circulado rumores sobre personajes que anunciaban a quien se topaba con ellos la llegada de algo o alguien llamado Esziri Yhumg. Aclaraban su lacónico
mensaje señalando siempre hacia el parque de Garrido Norte -barrio que acogió la mayor parte de tales encuentros- y finalizaban con la coletilla:
Será de noche. Tras el raro anuncio se esfumaban en el aire; o eso se había dicho. Pero la repercusión de tales
historias había sido mínima. Sólo un ingenuo chico de la zona, a quien sus conocidos apodaban socarronamente El ectoplasta,
le había asegurado haber visto durante un anochecer una luz muy rara sobre la fuente seca en forma de botijo existente en el mencionado parque; pero
el testimonio de alguien tan fantasioso no merecía mucho crédito.
Fuera de la Plaza Mayor y sus contornos, la situación no variaba mucho. Aparte de atraer la
atención de los peatones, la paradójica visión empezaba a originar serios atascos de tráfico, evidenciados por una cacofonía de bocinas.
En casa, una impávida Paca, su patrona, se negó a creer su nervioso relato.
-¿Que hay un melocotón en el aire? ¡Bueno!
-Sí, ya sé; los melocotones no tienen el tamaño de un edificio, y tampoco vuelan... pero éste sí...
-¡"Amos", anda ya!
El portero automático sonó con atropellada insistencia. Era la llamada típica de Lidia, la nieta
de Paca, que pasaba unos días con ella. La relación entre ambas, tan buena como ruidosa, suponía conjugar un temperamento de sesenta y tres años con uno de
cinco, tarea no siempre fácil.
-¿Qué quieres? -dijo Paca por el interfono.
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