Un guirigay de voces infantiles se escuchó por el aparato. -¡Que qué quieres! -rugió Paca. La voz de Lidia se elevó sobre el agudo griterío: -¡Abuela, hay un melocotón gigante en el cielo! -¡Otra que sale con la misma bobada! -¡Que sí, abuela, que hay un melocotón muy grande en el cielo! ¡Te lo juro! -¡Qué coños va a haber un melocotón, boba! ¡Será un globo o qué sé yo! ¡Y sube a
merendar, que ya es hora! -¡Que no! ¡Baja a verlo! -¡Sube! -¡Baja! -¡QUE SUBAS TE DIGO! Las inflexiones de una vecina se colaron desde el patio por la en aquel momento desierta
habitación de las dos chicas -una norteamericana y una británica- que completaban el pupilaje de Paca durante aquella temporada. -¡Señora Paca, señora Paca! -¿Qué pasa? -preguntó ella asomándose. ¿Tiene puesta la radio, señora Paca? ¡Hay un melocotón gigante encima de la Plaza Mayor!
¡Tomás acaba de venir de allá y me lo ha dicho! -¿Ves cómo es verdad? -atacó Alvaro. -¡Y dale! -¡Que sí, señora Paca! -insistió la vecina-. ¡Es enorme! -¡Seguro, seguro! -se mofó ella-. ¡Y mañana será una zanahoria, y al otro un melón, y al otro una
lechuga...! ¡Bah! -¡Es cierto, Paca! -proclamó una nueva voz-. ¡La Mari Juli me ha llamao para contármelo, y lo estamos
viendo del balcón de la Merce! -¡Suba a verlo, señora Paca! -intervino Elvira, una vecina del sexto, uniéndose al
coro