asombrado del patio-. ¡Es algo que si no se ve no se cree! -¡Baja, abuela! -volvió a clamar Lidia desde abajo. El doble requerimiento confundió a Paca sólo un instante. -Ahora subo -anunció a Elvira-. Como sea una bobada... -¡Abuela! -chilló Lidia. -¡Calla y escucha, borrica! Voy a casa de Elvira. -¿A qué? -¿A qué va a ser, tonta? ¡A ver el dichoso melocotón! -¡Espera, que yo también subo! ¡Abre! Paca pulsó el botón del portero automático y abrió la puerta de la escalera. -¿Vienes? -preguntó a Alvaro. -Sí, claro. Un minuto más tarde, Paca, Lidia y Alvaro contemplaban el original intruso desde el
balcón de Elvira, acompañados por ésta, su marido y el hijo de ambos. Mucha gente hacía lo mismo desde sus casas; pero nadie se fijaba en sus convecinos,
sino en el prodigio atmosférico. Aquella aterciopelada suavidad colgada del crepúsculo suscitaba entre los testigos los comentarios más variados, algunos
más chocantes, si cabía, que el propio melocotón. Al cabo de un rato, el ennegrecimiento del cielo mermó la magnificencia del espectáculo, y
Paca apuntilló el debilitado hechizo: -Bueno, esto ya casi ni se ve lo que es. Voy abajo a preparar la cena para éste y las dos
escotofias, si es que han venido. -Sí -bostezó Elvira, saliendo asimismo del balcón-, yo también voy a ver qué pongo. El lomo
que traje ayer del súper no vale ná, pero hay que gastarlo. Anfitriona e invitados se despidieron, y éstos últimos bajaron en el ascensor a su piso de
origen. El anglosajonizado saludo de Joyce, la estudiante norteamericana, dispensó la bienvenida a
Paca, quien respondió con igual cordialidad. Lidia se adelantó a su abuela en empujar la