Galletas de amatista

Aunque literariamente el plato fuerte de Belberia está constituido por las historias nucleadas en torno a los enclaves belberianos o belbéricos, en esta sección está presente la narrativa breve a través de nuestras Galletas de Amatista, dos o más microcuentos que se suceden de menor a mayor, enlazados mediante el nexo de una trama que desarrollan consecutivamente. Estrena esta sección el hilo común Encuentros.


Empecemos con la microgalleta:

Caminar por el casco urbano le aportaba siempre una ambigua mezcla de prisa y atención. Prisa porque el vértigo del trasiego ciudadano le era muy contagioso; y atención, porque el desapacible pulso ambiental le forzaba a no olvidar asuntos pendientes de resolución, generalmente no muy agradables pero necesarios. Tan sólo una parada impuesta por motivos de tráfico u otra circunstancia parecida rescataba en ocasiones de la memoria alguna bagatela más o menos curiosa.
Aunque corrió, la luz ámbar del semáforo había sido ya sustituida por la roja cuando llegó al bordillo.


Y ahora la galleta mayor:

Eladio recordó en aquel momento el episodio que le describiera Mónica unas semanas antes al calor del vino más selecto del local. Verdaderamente la chica tenía imaginación, eso era innegable, y él lo sabía desde que la conociera el año anterior; pero nunca supuso que un poco de alcohol expandiera tanto dicha facultad. Conforme ella desgranaba la narración, se advertía un deje de sinceridad rotunda que le desconcertó. ¿Quién podía contar una patraña como aquella sin poder impedir un signo inconsciente de falsedad encubierta? El no, desde luego, pero ella sí. Y no sólo eso, sino que se había permitido la licencia de espetarle delante del camarero una reflexión enigmática a modo de colofón para su relato:
-¿Sabes una cosa? Al ver aquello tuve la sensación de que quizás tú llegues a pasar por algo parecido. Y no sé porqué, pero presiento que eso sería una señal de que debiéramos vernos más a menudo.
-Francamente no lo creo.
Aquel escepticismo indignó a Mónica sobremanera. Le costó mucho aplacarla, pero al final todo salió tal y como él había imaginado. Dejaron de verse y hasta de llamarse. Bueno, posiblemente era lo más razonable. A fin de cuentas, salir con alguien que aseguraba haber vivido una experiencia semejante no se antojaba muy prometedor.
Y con qué aplomo la había contado. Su sorpresa al escuchar el canto de un gallo tras la frondosidad que abrigaba la descuidada ladera de una colina en las afueras. Su cauteloso acercamiento desde la acera solitaria hasta el arcén opuesto para atisbar entre la vegetación. Su hallazgo de un angosto senderillo que trepaba por la pendiente. Y su estupor al descubrir al final del ascenso que el ave en cuestión era un autómata, un gallo mecánico que al verla cantó de nuevo y se perdió tras la maleza mediante un torpe revoloteo con sus bruñidas alas metálicas.
En fin, pensó Eladio, por lo menos ella había oído el canto de un gallo, algo excepcional en una ciudad y mucho más grato que el ruido del compresor que ahora llegaba a sus tímpanos; aunque por suerte la perturbación acústica de aquella máquina cesó en seguida. Eladio se aproximó al artilugio, parte de una obra extrañamente desierta en aquel instante, y esuchó algo distinto.
Perplejo primero y resignado después, sacó el teléfono y tecleó el número de Mónica, mientas a su espalda el compresor respiraba.



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Microgalleta de Latas abolladas:

Silvia abandonó el lecho a la hora acostumbrada, lo que significaba un anticipo de reloj inspirado por la forzosa generosidad temporal que dictaba la empresa a toda su plantilla. Quizás alguien hubiera hablado al saberlo de la relatividad del tiempo que enunciara Einstein. Pero Einstein no había sido cajera de supermercado alguno.


Galleta mayor:

El interior del autobús que la dejaba en la parada más cercana al supermercado producía en Silvia una impresión de normalidad aséptica a la que ya se había acostumbrado. Fueran las que fuesen las noticias de la mañana, cuyos titulares desfilaban perezosamente por el monitor que coronaba el inicio del pasillo central, nadie mudaba su gesto de madrugón resignado, como si el mundo auténtico quedase muy lejos de aquella hojalata rodante y climatizada que repartía su cargamento humano en irregulares partidas. O tal vez el mundo real no era otro que aquel vehículo prisionero de su eterno itinerario, espectro mecánico abocado a repetir una y mil veces con ligeras variantes en sus detalles menores la ruta responsable de su existencia, mientras el resto del Universo se transformaba en un decorado cada vez más ajeno, un carnaval infestado de publicidad, mentiras funcionales y dobles sentidos en todos y cada uno de sus mensajes, en el que pocas novedades trascendentes acaecían, si en verdad acaecía alguna. Y las otras novedades, las superficiales, a menudo sólo servían para desgastar más aún el escaso humor de aquellas horas tempranas, como ocurrió en aquel momento.
Un atasco típico a sólo unos metros de la parada: furgón de reparto averiado, conductores maldicientes, bocinazos intempestivos, comentarios enojados, impaciencia derramada en ventanillas y relojes.
Quizás en una reacción de autoconsuelo, Silvia pensó que después de aquello tal vez el día fluyese más relajado.
Minutos más tarde sus pasos la condujeron de la parada al supermercado con la incómoda prisa derivada del retraso provocado por el embotellamiento.


Y a veces el cierre sobreviene con un Galletón:

Ya en casa, Silvia extrajo del bolso la condenada lata de guisantes y enfocó hacia ella toda su decepción. Como pago a una jornada excepcionalmente dura, la nueva firma conservera había distribuido un regalo entre el personal de los establecimientos implicados en su promoción. El obsequio era una ridícula muestra de su mercancía, un bote minúsculo incapaz de satisfacer las exigencias de una vulgar menestra. Y para colmo, abollado.
La descarada insignificancia de aquella recompensa la convertía más en una burla que en un presente de gratitud, una mofa de tacto metálico cuya ostentosa etiqueta proclamaba jactanciosamente lo trivial de su contenido. Y la calidad de éste debía de ser cuando menos incierta, a juzgar por el extraño efecto sonoro manifestado al mover el envase.
La recepción de tan fútil propina subrayó el desacostumbrado tono negativo del día. Las horas previas habían constituido un molesto encadenamiento de sinsabores que esperaba diluir con un ensamblaje de cena y televisión. No dudaba que si alguna migaja de hastío perduraba, se disiparía por completo durante el sueño. Pero en aquellos momentos y ante la presencia de su banal gratificación, revivía los episodios más insidiosos: la bronca que le largó una enfurecida anciana por una confusión estúpida; la exasperante lentitud de quienes, ansiosos por desprenderse de monedas, inundaban el mostrador de una calderilla que había de contarse minuciosamente; las críticas ronroneadas por los impacientes que aguardaban turno para pagar; el chistoso que soltaba en público su gracia inoportuna; las sempiternas quejicas que la culpaban personalmente del alza de los precios, como si una simple cajera tuviese las atribuciones de una ministra de comercio; e incluso la fanfarrona que esgrimió al estilo de una granada un bote de piña, con el falso pretexto de que se lo había cobrado dos veces...
Aun así confiaba en disfrutar de un descanso tranquilo. Tenía ya la experiencia suficiente para verse libre de las clásicas pesadillas que asaltaban a las cajeras novatas: tragicomedias oníricas en las que una se encontraba sepultada bajo toneladas de artículos. O linchada a manos de una clientela histérica que exigía rapidez. O bloqueada a consecuencia de un desajuste brutal en el arqueo. No; las angustias estaban excluidas de su quehacer. En realidad experimentaba mucho más unas intensas ganas de dar carpetazo a toda aquella monotonía, una necesidad urgente de perderse, siquiera por una semana, en cualquier lugar apartado. Una sed de horizonte y viaje, un hambre de sol y viento. Sería maravilloso colmar ese anhelo y dejar que las olas de una playa luminosa y serena eclipsaran el sortilegio tiránico de aquella Gran Jefatura Invisible, atrapada en la esterilidad de su lucro desmedido.
Pero no; soñar despierta sólo acarreaba una engañosa huida mental, una simulación psíquica que pronto se daba de bruces con las aristas más grises de la realidad. Nadie se había zafado nunca de sus limitaciones vitales gracias a una ráfaga de imaginación desbocada; si acaso, aquellos lo bastante astutos -o mezquinos- para traficar con las fantasías ajenas.
Al contemplar una vez más su insólita retribución cilíndrica, la embargó una débil chispa intuitiva, algo así como una sensación que centelleó fugazmente en su interior. Sin duda, en el espacio preservado por aquella hojalata magullada se concentraba el poso amargo del día.
El sonido del teléfono desvaneció su ensimismamiento. La llamaba Maika, una compañera de trabajo, para saber si era suyo un reloj que había aparecido en el supermercado. Contestó que no, y ya iba a colgar cuando su amiga sacó el asunto de las latas:
-¿Estaban buenos esos guisantes?
-A ver, maja, menos guasa...
-No me malinterpretes, lo pregunto para enterarme de si pueden comerse o no.
-Por la manera en que suenan, yo creo que son perdigones.
-No me extrañaría nada. Mi lata, desde luego, parece que se ha caído desde la azotea de un rascacielos. Tiene una abolladura de las gordas.
-¿Sí? Qué casualidad, la mía también.
-Ya ves, hija, misterios del marketing.
Una ocurrecia súbita se encendió dentro de Silvia.
-Oye ¿tienes por ahí tu lata?
-Pues sí. ¿Por qué?
-Para abrirlas a la vez, ver lo que esconden, tirarlo y dormir hasta mañana.
-Mira, no es mala idea, precisamente la tengo aquí mismo. ¿Preparada?
-Cuando quieras...
-¡Ya!

Entregarse a los propios pensamientos siempre ha sido una actitud ineludible en determinados momentos; y precisamente eso estaba haciendo alguien con responsabilidades empresariales recién adquiridas. Le divertía elucubrar hacia dónde habrían viajado las latas de guisantes con los premios sorpresa. Y no era para menos, pues seguramente las caras de quienes las hubiesen adquirido serían auténticos poemas cuando descubriesen que el lugar de los guisantes aparecía ocupado por gemas millonarias.



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Microgalleta de La gotera

Recordar la greguería que reza "el techo es el cielo doméstico" le hizo sonreír levemente. Si tal aserto se daba por válido, la bombilla que pendía como una pera macilenta debía interpretarse como una parodia de un astro rey en horas bajas, lo cual no constituía precisamente una alabanza solar. Pero en cualquier caso, la satisfacción desdibujaba toda sombra de inquietud, pues era -y como tal se sentía- dueño de aquel orbe cedido por el azar. Un legítimo propietario de una vivienda de protección oficial otorgada por sorteo.


Galleta mayor:

Cuando sustituyó la bombilla por otra nueva, volvió a dejarse caer en el sofá. A pesar de la evidencia, aún le costaba aceptar la facilidad con la que había engañado a la Administración. Verdaderamente estaba en deuda con Amancio, el compañero de trabajo que le había animado a dar el paso a través de las instrucciones que le brindó. Las instituciones son tontas, le confió. Y a la vista de los resultados, no quedaba más remedio que darle la razón, cosa que ya había hecho la víspera.
Le pareció que acababa de dormirse cuando el teléfono lanzó por la estancia su ruidosa melodía con la que anunciaba las llamadas. El número de Amancio se hizo visible en la pantalla del aparato.
-¿Sí? -preguntó él.
Un incómodo silencio vagamente roto por un crujido y una respiración suspirante le hicieron insistir:
-¿Estas ahí, Amancio?
-Sí, aquí estoy. -La voz sonaba nerviosa y un poco trémula-. Verás, creo que no debiste perpetrar ese fraude, me he enterado de que eso podría desencadenar la gotera.
-¿Gotera? ¿Qué gotera?
-Es una vieja maldición. Lo siento, no puedo decirte más...
La ausencia de respuesta a su requerimiento de explicaciones se certificó del todo cuando la comunicación se cortó. Un tipo raro este Amancio, pensó, y miró al techo, enaltecido ahora por la luz que difundía más allá de su tulipa la bombilla recién estrenada.
Un diminuto impacto acuoso justo en la punta de su nariz interrumpió la duermevela que estaba venciéndole, y al volver la vista al techo recibió una nueva microdescarga líquida.
Caramba con Amancio, se dijo para sus adentros.
Allá en lo alto, apenas distinguible sobre la inmaculada pintura blanca del techo, un transparente buchecito de agua se dilataba perezosamente hasta su inevitable desprendimiento, que concluyó en un minúsculo estallido fresco sobre su ojo a modo de improvisado colirio, a lo que siguió un creciente chorro.
Saltó del sofá en busca de un cubo y recordó con desasosiego que aún no había abierto la llave de paso cerrada una hora antes por él mismo como simple revisión de su funcionamiento.



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Microgalleta de Otitis

La señora Jacinta nunca se refrena a la hora de contar a quien fuere sus tribulaciones del momento. Dicha inclinación le granjea,como es de esperar, adhesiones y rechazos a partes iguales. Pero sabe de sobra que Elena, la panadera, la escucha siempre. Esta vez también lo hará; y su certeza se consolida al entrar en la tienda, de la que escapa el olor del pan recién horneado.


Galleta Mayor:

-Buenos días, Jacinta -el saludo de Elena es tan amable como de costumbre-. ¿Te pongo hoy un cruasán?
-Sí, hija, no tenía intención de comprarlo, pero ya que lo has dicho...
La joven dependienta nota en el acto que algo no parece ir bien, según se infiere del aire cariacontecido de Jacinta.
-Te veo un poco preocupada -confía a la clienta mientras le da el cruasán y el habitual bollo de leche-. No se te habrá vuelto a escapar el gato, ¿verdad?
-Uf, quita, quita, ése está a buen recaudo -La llegada de un chico que saluda a ambas no alcanza a interrumpirla-. Lo que pasa es que me molesta mucho el oído izquierdo. Estos días ando medio sorda -aclara al rebuscar calderilla en el monedero.
-¿Y no has ido al médico? -pregunta la menuda figura de Elena en tanto comprueba de un vistazo la exactitud del pago.
-Varias veces. Y me han hecho todas las pruebas habidas y por haber.
-¿Y?
La señora Jacinta pone cara interesante, casi se diría que es una actriz madura a punto de interpretar el papel supremo de su carrera. Sin duda la presencia de un comprador a su espalda refuerza su pose afectada. Una audiencia integrada por dos personas constituye para ella un plato tan apetecible como una multitud mitinera. El caso es tener público.
-Como te digo, me hcieron todas las pruebas y análisis, y en seguida vieron que había infección. -Intercala un breve silencio para avivar la expectación ajena-. ¿Y sabes lo que encontraron al fin?
Con voz apagada y gesto cansino que cualquiera salvo la señora Jacinta identificaría de inmediato como la condensación de un desinterés máximo, Elena sugiere:
-No sé... ¿Petróleo?
La señora Jacinta parpadea, atónita, y descubre en el rostro de Elena una inocultable sombra de diversión.
-Hongos -la corrige-. Y creo que desde ayer se han reproducido. En fin, habrá que esperar a que se pase... Adiós -se despide-.
-Hasta mañana.
Cuando la señora Jacinta deja la panadería, el chico y la dependienta bromean sobre la mordaz ocurrencia de esta última.
-¡Mira que decirle "petróleo"! -ríe el chico.
-Sí, ya, igual me he pasado un poco -reconoce Elena sonriendo ampliamente-, pero es que me tenía frita con tanto misterio para una infección de oído.
Y al tiempo que ambos dan rienda suelta a su buen humor, la señora Jacinta detiene sus pasos en la calle y se aplica un pañuelo en la oreja izquierda. No le ha gustado nada la contestación de la dependienta, y por eso ha tenido que mentirle.
"¿Cómo lo habrá adivinado la muy bruja?" piensa, y retira el pañuelo oscurecido por la pringosa e inconfundible negrura del hidrocarburo que en tiempos fuese un dinosaurio o un helecho gigante.



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Microgalleta de El agujero

"Lo que faltaba", pensó Roberto con evidente disgusto. Un agujero, y nada menos que en la esquina del zócalo; un boquete del tamaño de medio paquete de tabaco donde el papel pintado, también roto ahí, se curvaba hacia adentro, encubriendo a medias lo que la cortina disimulaba por entero. Y lo peor de todo: había entrevisto fugazmente un insecto muy rápido y desagradable refugiándose en la oquedad. De niño creía que al otro lado del tabique -en realidad la cara interna de la fachada- moraban unos hombres de aspecto severo y vestidos de oscuro en una imposible vivienda contigua donde olía vagamente a limón.


Galleta Mayor:

Su mano apartó la cortina y la mantuvo así mientras se agachaba para inspeccionar más de cerca aquella gruta en miniatura. En ella sólo se percibía una desordenada colección de escombros minúsculos, fruto de un deterioro paulatino e ignorado hasta entonces, y tras ella una impenetrable bolsa de oscuridad. Ni rastro de sombras móviles que delatasen la presencia de cualquier bichejo indeseable. De todas maneras no albergaba dudas al respecto: él había sorprendido la huida e internamiento en aquella microcaverna de una forma orgánica negra y provista de muchas patas. Era obvio que había un bicho; y si había uno, muy probablemente habría más.
Recordó entonces que en el trastero guardaba un envase de insecticida comprado durante la primavera, cuando alguna mosca se colaba de rondón en el piso y el zumbido insidioso de un mosquito esporádico se dejaba oir a la noche en su habitación. No se lo pensó dos veces y acudió a la modesta estancia, donde encontró el bote deseado. Lo alzó y sacudió, con el grato resultado de comprobar que aún almacenaba una parte apreciable de su contenido, una mezcla de varios compuestos casi impronunciables diluidos en un excipiente inocuo para la ozonosfera; o al menos eso aseguraba su plurilingüe y extenso etiquetado.
Volvió apresuradamente al punto de su interés donde de nuevo se agachó y apartó la cortina, y tras agitar el liviano cilindro lo invirtió, aplicó el orificio del pulsador a la entrada del ruinoso tunelillo y dirigió un prolongado chorro de aerosol a sus entrañas. El picante olor del producto llegó a su olfato, pero aun así repitió la maniobra, y una segunda eyección roció el interior del desperfecto. Hecho esto salió de la sala, devolvió el insecticida a su lugar original y se acostó con la certeza de que ninguna repugnancia invertebrada había sobrevivido al ataque químico a su guarida. Esa tranquilidad le ayudó a conciliar el sueño; el mismo sueño que le impidió percibir el siseo de un chorrillo gaseoso, una descarga de insecticida que, proyectada desde más allá del agujero, derramó al salir por él un sutil olor a limón.



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Microgalleta de Baldomero refracta

-¿De verdad que no conoces al señor Baldomero ni has oído hablar nunca de él?
-Pues no. ¿Qué tiene de particular el Baldomero ése?
-Una habilidad muy especial.
-¿Ah, sí? ¿Cuál?
-Refracta.
-¿Qué?
-Refracta. Baldomero refracta.

Galleta Mayor:

Las palabras de mi amigo Esteban despertaron en mí una curiosidad burlona. Le tiré de la lengua cuanto pude, y así supe que Baldomero Carrascosa vivía en su misma calle, situada a hora y cuarto de la mía. Dejando aparte su peculiar maña, Baldomero no dejaba de ser un individuo perfectamente anodino, otra pieza gris en el anonimato del tablero urbano que renueva de continuo sus células bípedas con inerte indiferencia. Esteban me facilitó una descripción bastante precisa del personaje: complexión delgada, huesuda más bien; edad en el límite entre madurez tardía y senectud primeriza; ojos de búho reflexivo enmarcados en unas facciones ni excesivamente finas ni demasiado toscas; una calvicie salpimentada con algunas greñas a medias encanecidas; y como dato más identificativo, un anticuado gabán de tonalidad ocre cuando el frío apretaba, y una camisa a cuadros muy raída si el calor castigaba el ambiente. Otras cosas de él me explicó mas, empero, calló acerca de su inhabitual don. "Baldomero refracta" había dicho, y con eso pareció querer expresarlo todo.
De todas formas, Esteban siempre ha sido bastante exagerado a la hora de contar algo. Le gusta añadir datos de su propia cosecha, y creo que en esta ocasión ha vuelto a reincidir en ello. Eso de "refracta" sólo puede habérsele ocurrido a él. Por otro lado sus explicaciones pecan a menudo de incompletas, imprecisas o de ambas cosas a la vez. Y ahora no ha sido una excepción, según lo estoy comprobando, pues tengo delante de mí al Baldomero de marras.Su descripción se ajusta rigurosamente a la que me brindó Esteban. Lo veo ahí, plantado de espaldas a mi persona, ante un escaparate bien surtido de todos esos aparatos electrónicos responsables de que nuestra época sea tan distinta a la de nuestros padres. E insisto, no hay duda: se trata del Baldomero referido por Esteban. Pero su característica esencial no es la esperada, pues a su alrededor no se percibe anomalía alguna, ni visual ni de otra índole. Y sin embargo, muchos transeúntes le dedican un vistazo rápido y escrutador. El motivo está claro. ¿Quién no recuerda, entre sus primeras lecciones de física, la imagen de un lápiz metido en un vaso de agua?
Y por esa razón deberé corregir a Esteban la próxima vez que hable con él. Sé que eso no le hace mucha gracia, pero lo considero inevitable. El color del gabán se parece tanto al de un lápiz, y Baldomero... Baldomero...
Baldomero no refracta; se refracta a sí mismo.



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