¡A JARENUSIA!
...y buscan, sólo buscan, arribar a la isla
del corazón sereno,
leales al designio de mantener el alma
libre de las insidias y las cosas podridas.
MIGUEL GARCIA-POSADA
La cena había transcurrido tal y como sospeché de antemano. El menú, sin ser una maravilla
gastronómica, resultó más o menos aceptable para un local de aquella categoría, un bar de amplio comedor situado en el casco viejo y
al que acudí por simple compromiso con un excompañero de facultad, quien luego ni siquiera asistió. Después supe que me avisó por teléfono, pero yo olvidé el
aparato al salir de casa. Las citas indeseadas son proclives a ese tipo de incidencias, sobre todo si están fijadas para una noche que la meteorología
transforma en un festival de tormentas. Mis ganas de asistir a la supuesta celebración eran tan escasas que, incluso, antes de llegar al punto de encuentro
había aprovechado una breve tregua de la lluvia para desviarme un poco y recrear la vista con el espectáculo del espigón de la Zurriola embestido por el
oleaje, con la esperanza de que tal visión me transmitiese algún fluido primordial capaz de neutralizar el tedio que me aguardaba. Pero ni siquiera aquel derroche de
energía desatada me sirvió de placebo.
Si la parte nutritiva fue acorde con mis pronósticos, no lo fue menos la social, que tuvo incluso
extras de incomodidad. Para empezar, mi grupo -una veintena de conocidos sin contacto habitual- incluía elementos humanos manifiestamente mejorables; y por
algún socarrón capricho del destino, el más refractario a toda posibilidad de enmienda se sentaba, cómo no, en la silla contigua a la mía: un pedante plúmbeo
y vanidoso que a lo largo del convite se jactó de su plaza funcionarial, su posgrado en Génova, su última adquisición automovilística y hasta de su reloj de
oro, metal éste compendio de toda excelencia, según él.
-Donde esté el oro, que se quite la plata -aseveró, pomposo-. El oro es artículo de joyería fina; la
plata, quincalla de mercadillo bisutero. Y si no, a ver porqué los campeones olímpicos
o
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