Llamé al camarero sin dilación. -¿Sí? -Un Blue Moon, por favor. Muy poco después sobrevino el apoteosis azul: alcé la copa del Blue Moon hasta mis
labios en el justo instante que empezaba a desgranarse la secuencia esperada. El ruido del bar casi anulaba el sonido de la película, pero aun y todo se
percibía débilmente la música de fondo que arropaba la escena; y la sinergia de los sorbos azules y la simpatía de Ingrid me aislaron durante unos dichosos
segundos de la estrepitosa vulgaridad que infestaba el espacio a mi espalda. El final de aquella efímera magia no pudo ser más abrupto. El barman cogió de nuevo el mando a distancia, y un partido de
fútbol invadió la ventana catódica. Una insufrible risita harto familiar laceró la acústica del comedor, seguida por otro bramido esofágico de uno de los
jovenzuelos, sepultado a su vez por un trueno formidable; fuera seguía lloviendo a cántaros. Convencido de que el hechizo se había disipado, bebí el resto del Blue Moon como un
solitario brindis por Ingrid, pagué la consumición y marché al lavabo. Mi vejiga me reclamaba un alivio, no sabía si sólo por el líquido ingerido a lo largo
de la cena, o también para ayudarme a demorar siquiera un momentillo más el retorno a la mesa de nefandas compañías, donde la poseída por la carcajada
inmóvil se erguía como una radiobaliza -radiopaliza- desalentadora, y donde, a buen seguro, el sabelotodo
proseguiría con su tedioso autobombo. Un relámpago se coló desde el exterior, seguido por un aparatoso trueno sincronizado con mi acceso al baño, donde encendí la
luz, eché el pestillo y satisfice la necesidad que me había conducido allí. Cuando me dispuse a salir sonó un nuevo trueno apocalíptico, mucho más enérgico y cercano, como si el rayo hubiese golpeado
directamente el edificio, y la luz se apagó. Creí sentir un brevísimo mareo, fruto quizás de la apresurada ingesta del Blue
Moon, de la desorientación sobrevenida por el oscurecimiento repentino del excusado, o de ambas cosas a la vez. No llegué a caerme, pero la sensación
de balanceo se mantuvo tras la
fugaz