Quienes me conocen aseguran que no tengo madera de empresario, de ahí que alaben mi vocación de asalariado. Alguno ha llegado a decirme
con absoluta desfachatez que en realidad no tengo ni siquiera serrín de emprendedor; y no satisfechos con este juicio, dictaminan que jamás cambiaré. Alegan
que en mí anida la carcoma de la dispersión, del mimo por el detalle irrelevante en menoscabo de la eficacia; vamos, algo así como el paleto que sólo retiene
de una conferencia la anécdota tonta que el orador ha dejado caer por mera incontinencia verbal. Admito que en parte les asiste la razón. La vida no nos
concede un escamoteo indefinido de nuestra auténtica naturaleza, y antes o después arranca el velo que cada cual tiende sobre sí. Esto es justamente lo que
me ha ocurrido en fecha cercana. Y en contra de lo profetizado por alguien, no he tenido que esperar a que se me cayera el pelo: me ha bastado con ir a
cortármelo. Todo empezó cuando una mañana me desperté demasiado temprano, circunstancia que en mí sólo es achacable a alguna incomodidad
manifiesta. No precisé mucho tiempo para concluir que era el volumen excesivo de mi cabellera la causa de aquella vigilia precoz. Como nada detesto más que
el insomnio, me levanté; y sin ni siquiera desayunar, salí para hacer eliminar mis greñas. Por aquello del ahorro suelo ir a las academias de peluquería. Comprendo que los partidarios de las filigranas capilares
recelen de ellas, pero mi corte es muy rápido y facilón -casi de estilo cuartelero-, y cualquier fallo se subsana sin dificultad. Espoleado por el fresco de la mañana, llegué a la academia más próxima cuando acababa de abrir. No obstante, el local hervía
de actividad. Una nutrida fila de señoras -nunca dejo
de