haber asistido a ninguno de ambos procesos. La historia del camarero resucitado por una croqueta milagrosa -mística, como se la llamó desde entonces- se difundió en seguida, y pronto se incorporó a la mitología popular junto a las autoestopistas fantasmas y los extraterrestres grises y cabezones.
El valor más importante que aprecié en tal leyenda emanaba de su originalidad. El único mito culinario con el que yo podía comparar el relato era el Mantecado Piadoso de sor Eufronia, un dulce conventual que obraba parecidas extravagancias. La mencionada religiosa bendijo doblemente por despiste el susodicho polvorón, que a partir de entonces campa a sus metafísicas anchas por los menús navideños de los fieles más devotos. Pero el cosmopolitismo laico de la croqueta me la hacía mucho más subyugante que aquel postre beato.
Y ahora conozco su secreto.

El intenso chaparrón daba al interior del local esa falsa calidez que se busca en los lugares de alterne social. No me inclino demasiado por según qué sitios, pero salir en cuadrilla acarrea ciertos compromisos, entre los que se incluye recalar en unos puntos concretos. Acostumbro a soportar esas paradas con un estoicismo experimentado, encubierto mediante una charla trivial y alguna consumición rutinaria. Nunca he tenido vocación de aguafiestas, pero admito que con los años he perdido anclaje en los ambientes gregarios a cambio de ganar en disimulo.
La muestra humana que poblaba el lugar no difería de la que suele hallarse en los bares un domingo a la tarde: varias parejas -una se besaba con ganas-, dos o tres cuadrillas jóvenes y algún parroquiano maduro, además de un extranjero nórdico claramente ebrio y un vendedor ambulante africano. Un pequinés husmeaba el suelo bajo una mesa con la misma atención que la clientela masculina dedicaba a un partido de pelota televisado.
Aquella tarde me sentía un poco deprimido sin razón aparente. Tal vez se debiera a la obstinada unión de viento y lluvia que estropeaba el fin de semana. Quizá asistía a la surgencia velada de alguno de mis problemas anímicos. E incluso podía responder a una


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