Lo siento por los cazatópicos: los fuegos artificales son lo mejor de la Semana Grande donostiarra. Ya de cría pensaba igual, y ahora me
reafirmo en ello. Por eso estaba allí aquella vez en la esquina entre el Boulevard y el ayuntamiento, acompañada por una amiga a quien había convencido de
que elegir cualquier otro sitio es como contemplar los toros -los fuegos- no ya desde la barrera, sino desde el gallinero; lo cual, viniendo de una actriz,
es un dato a considerar. La noche en cuestión era calurosa y despejada, muy acorde con lo que se espera del tiempo en agosto. Mientras esperábamos el
inicio de la sesión ígnea, mi amiga y yo comentamos el buen ambiente del que habíamos disfrutado en los alrededores durante los momentos previos. Recordamos
en particular uno de los espectáculos callejeros instalados en la zona peatonal, un número de marionetas en el cual destacaba un personajillo autopresentado
como la salamandra Leandra, y que se dirigía al público mediante agudos pareados. Cuando pasamos mi amiga y yo, aquel dragoncito de trapo con cresta de
llamas bordadas nos miró y dijo ¡Rubia, luego versificaré para ti!. Antes de oir esas palabras temí algo peor, pues
pensé que me habría reconocido; circunstancia fastidiosa, más aún teniendo en cuenta que en toda la tarde no había escuchado ni siquiera un susurrado "Mira,
ésa es Marta Etura, la actriz". Pero pronto cesamos el cotilleo, pues con una puntualidad encomiable el primero de los tres chupinazos que inauguraban el
derroche de pólvora desvió el interés del gentío a las alturas. Sin embargo, en tanto sonaba la segunda detonación creí identificar a sólo unos metros tras
de mí a un reportero de prensa rosa cuyo acoso había eludido la víspera. Al
ver