hombros-. No sé, no puedo explicarlo. -A ver -se animó ella estirando la mano, y palpó el objeto de su interés-. Pues oye, tienes razón. -Retiró su extremidad
huesuda-. Me recuerda un poco a una especie de... -¿De? La mujer calló, dubitativa. -No lo sé -admitió. -Yo tampoco. Pero en cualquier caso, lo que pone en ese letrero es una bobada. -En eso estoy de acuerdo. Anda, vamos. -Sí, hoy nos conviene acabar pronto. No hicieron más que apartarse, y una madre y su hija los relevaron. El asombro deformó el rostro de la chica, una adolescente
morena vestida a la última moda. -¡Vaya! -prorrumpió la madre, una figura enérgica provista de un monedero negro-. Cada día una novedad. -¿Has visto lo que dice el aviso? -indicó la chica. -No, voy a ver. -Se acercó y leyó con dificultad-. ¡Buó, menuda trola! ¡Y después hablan de que se persigue el fraude! Tantas
campañas y tanta propaganda, y luego quieren estafarte a la primera de cambio. ¡Ni que nos hubiésemos caído ayer mismo de un peral! -Bueno, a lo mejor hay algo de verdad en lo que ahí se... -Anda, calla, que a ti cualquier día te venden una fregona como antena de televisión. -Tampoco exageres -se defendió la hija, molesta-. A mí no me han timado aún con nada. -¡Claro! ¿Y qué pasó con aquella falda inencogible que compraste en un mercadillo? -atacó su madre, blandiendo el monedero
como un hacha oscura-. Después de la primera lavadora sólo le quedaba bien a la muñeca de tu prima. -Peor fue lo tuyo con aquellas ciruelas de oferta -gruñó la chavala-. Te trajiste a casa toda una urbanización de gusanitos.
Y cuando se te ocurrió encargar por correo aquella plancha de Taiwan ¿qué? Todo fue en consonancia: de plancha oriental a planchazo occidental. ¿Y... -Bien ¡a callar! -bufó la madre-. Vámonos de aquí, que ya me estás sacando de
quicio